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Qué es una réplica y por qué no es lo mismo que contradecir

Joaquín Almansa Pérez

6 min de lectura

Joaquín Almansa explica con palabras sencillas qué significa replicar en una conversación, cómo se distingue de contradecir y por qué responder bien ayuda a argumentar sin subir el tono.

Qué es una réplica y por qué no es lo mismo que contradecir

La palabra que da nombre a la escuela

Réplica es una de esas palabras que usamos todos los días sin pararnos a pensar qué significa. En el lenguaje de la argumentación, replicar es responder a lo que ha dicho otra persona después de haberla escuchado. No es llevar la contraria, ni devolver el golpe, ni esperar nuestro turno para soltar lo que teníamos preparado. Es contestar a lo que se ha dicho de verdad, no a lo que creíamos que iba a decir.

En las clases de Argumentación paso a paso empezamos casi siempre por aquí, porque cuando un grupo de adultos entiende bien esta palabra cambia el ambiente de la sala. Muchas personas llegan convencidas de que replicar es una forma educada de discutir. Al cabo de una sesión descubren que es más bien una forma de conversar: exige atención, memoria de lo que se acaba de oír y ganas de entender antes de responder.

Con la primavera avanzada, cuando las reuniones familiares y las comidas largas vuelven a llenarse de opiniones, conviene tener clara esta idea. Una réplica bien hecha no pretende ganar la conversación, sino que la conversación siga siendo posible.

Replicar y contradecir: dos gestos distintos

Contradecir es decir lo contrario. Replicar es contestar. Parece una diferencia pequeña, pero en la práctica separa las conversaciones que avanzan de las que se atascan. Quien contradice suele fijarse en la frase que más le molesta y atacarla. Quien replica recoge primero lo que ha entendido, lo comprueba con la otra persona y solo después añade su propio punto de vista, con su razón y su ejemplo.

Un caso muy habitual en clase: alguien comenta que los jóvenes ya no saben conversar. La respuesta contradictoria sería decir que eso no es cierto. La réplica empezaría preguntando a qué situaciones se refiere, reconocería lo que tiene de razonable la observación y luego ofrecería otra experiencia distinta. El tono baja solo, porque nadie se siente acorralado.

Lo mejor de este gesto es que se puede aprender. No depende del carácter de cada uno, sino de un orden de pasos que practicamos por parejas hasta que sale con naturalidad.

  • Contradecir ataca la frase; replicar atiende a la idea que hay detrás.
  • La réplica empieza reconociendo lo que se ha entendido.
  • Después llega la propia razón, apoyada en un ejemplo concreto.

Los tres movimientos de una buena réplica

En el aula trabajamos la réplica como una secuencia corta de tres movimientos. El primero es recoger: repetir con nuestras palabras lo esencial de lo que hemos oído. No hace falta que sea literal; basta con que la otra persona pueda decir sí, eso es lo que quería decir. Este paso evita la mitad de los malentendidos y le da a quien habló la sensación de haber sido escuchado.

El segundo movimiento es situar: decir en qué estamos de acuerdo y en qué no. Casi siempre hay un terreno común que se pierde de vista cuando la conversación se calienta. Nombrarlo no es una concesión, es una forma de hacer el mapa de la discusión para que ambos sepamos por dónde andamos.

El tercero es aportar: dar nuestra razón y un ejemplo cercano, algo que hayamos vivido o visto. Una opinión sin ejemplo cae en el vacío; con él, la otra persona tiene algo concreto que considerar. Los tres movimientos juntos duran apenas medio minuto, y se entrenan con calma, sin prisa y sin público.

  • Recoger: resumir lo que hemos entendido.
  • Situar: señalar acuerdos y desacuerdos.
  • Aportar: razón propia y un ejemplo.

Cuando la réplica se tuerce

No siempre sale bien, y está bien que así sea, porque de los tropiezos se aprende. El error más frecuente es replicar a destiempo, es decir, empezar a responder cuando la otra persona aún no ha terminado. Casi todos lo hacemos sin darnos cuenta, sobre todo si el tema nos toca de cerca. En los ejercicios por parejas pedimos esperar dos segundos antes de hablar, y esa pausa pequeña cambia mucho.

Otro tropiezo es replicar a una versión exagerada de lo que se ha dicho. Si alguien comenta que le cuesta usar el móvil, no conviene contestar como si hubiera dicho que la tecnología es mala. Responder a lo que no se ha dicho es el camino más corto hacia la irritación mutua.

Tampoco ayuda llenar la réplica de matices hasta que nadie sabe qué se defiende. Mejor una sola idea clara, con su ejemplo, y dejar espacio para que la otra persona conteste. Las conversaciones buenas se construyen por turnos cortos, no por discursos.

  • Esperar un par de segundos antes de responder.
  • No contestar a una versión exagerada de lo dicho.
  • Una idea por turno, con su ejemplo.

Un ejercicio para probar en casa

Para practicar sin necesidad de apuntarse a nada, proponemos un juego sencillo con una persona de confianza. Elijan un tema que no les enfrente de verdad, por ejemplo si es mejor cenar temprano o tarde, o si conviene planificar las vacaciones con meses de antelación. Una persona expone su opinión en tres frases. La otra no puede dar la suya hasta haber resumido lo que ha oído y recibido el visto bueno.

Cuando el resumen es correcto, la segunda persona replica con los tres movimientos: dice en qué coincide, en qué no y aporta un ejemplo. Después se cambian los papeles. Parece un juego de niños, pero los adultos que lo prueban descubren cuántas veces habían dado por entendido algo que no lo estaba.

Conviene hacerlo con buen humor y sin cronómetro. El objetivo no es hacerlo perfecto, sino notar qué ocurre en la conversación cuando alguien se toma el tiempo de comprobar que ha entendido. Suele ocurrir algo muy simple: la otra persona se relaja y empieza a escuchar mejor.

Qué se llevan los alumnos de este módulo

Quienes pasan por Argumentación paso a paso no salen convertidos en oradores ni en ganadores de debates, y tampoco es lo que buscamos. Se llevan algo más modesto y más útil: un orden para sus ideas, el hábito de apoyar una opinión con ejemplos y una manera de responder a una postura contraria sin elevar el tono. La réplica es la pieza que une todo eso.

Con el tiempo, muchos nos cuentan que lo notan primero en casa, en una sobremesa o en una llamada con un familiar con el que siempre acababan discutiendo. No es una cuestión de técnica brillante, sino de paciencia con uno mismo y con el otro. Esa paciencia también se entrena, y se entrena mejor en grupo, con materiales en papel para repasar después con calma.

Si esta forma de entender la réplica te resulta cercana, el temario de la escuela detalla cómo se organiza el módulo y qué trabajamos en cada sesión.

Replicar no es discutir mejor, es conversar con más atención. Recoger lo que se ha dicho, situar los acuerdos y aportar una razón con su ejemplo basta para que una charla difícil siga siendo una charla. Esta primavera, antes de la próxima sobremesa animada, prueba el ejercicio de las tres frases con alguien cercano. Es posible que lo más valioso no sea lo que respondas, sino el segundo que te tomes antes de hacerlo.

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