Opinión y dato: dos palabras que conviene no confundir
Inés Berenguel Soler
6 min de lectura
Explico con palabras sencillas qué es un dato, qué es una opinión y qué es una inferencia, y cómo separarlos antes de compartir un mensaje que nos ha llegado.
Por qué empezamos por dos palabras tan pequeñas
En el taller de pensamiento crítico siempre empiezo con la misma pregunta: ¿qué diferencia hay entre un dato y una opinión? Casi todo el mundo responde con seguridad, y casi todo el mundo se equivoca al ponerlo en práctica. En la teoría la distinción parece evidente, pero en un mensaje de móvil, en una charla de sobremesa o en un titular las dos cosas llegan mezcladas, con el mismo tono y la misma firmeza.
Con el comienzo del otoño se retoman las lecturas y las conversaciones largas, y es un buen momento para fijar el vocabulario. Esta nota no pretende que desconfiemos de todo, sino que dispongamos de un par de herramientas para mirar con calma lo que leemos y lo que reenviamos a otras personas.
Voy a explicar tres términos que uso en clase: dato, opinión e inferencia. Con ellos se puede revisar casi cualquier mensaje en un minuto y sin necesidad de conocimientos técnicos.
Qué es un dato, dicho sin rodeos
Un dato es una afirmación que se puede comprobar. Si alguien dice que el mercado de abastos abre a las ocho de la mañana, basta con ir y mirar, o con preguntar a quien lo gestiona. Lo importante no es que el dato sea cierto, sino que exista una manera de verificarlo: un documento, una medición, un registro, un testimonio directo que se pueda localizar.
Por eso, cuando un mensaje dice que muchos expertos opinan algo, o que se sabe que ocurre tal cosa, no hay todavía ningún dato: hay una promesa de datos. Pregunto en clase quiénes son esos expertos, cuántos son, dónde lo dijeron. Muchas veces nadie lo sabe, y ese silencio ya es una información valiosa.
Un buen dato suele llevar apellidos: quién lo midió, cuándo, en qué lugar y con qué criterio. Cuantos más apellidos tiene, más fácil resulta revisarlo.
- Se puede comprobar con un documento o una fuente localizable
- Indica quién, cuándo y dónde
- Sigue siendo dato aunque nos resulte incómodo
Qué es una opinión y por qué no es un defecto
Una opinión es un juicio, una valoración o una preferencia. Decir que el mercado de abastos es el sitio más agradable del barrio es una opinión, y no hay nada malo en ello. El problema aparece cuando una opinión se presenta vestida de dato, con frases como es sabido que o está demostrado que, sin que nadie haya demostrado nada.
En las prácticas por parejas pido que una persona lea un párrafo y la otra subraye con un color lo comprobable y con otro lo valorativo. Al principio hay discusiones divertidas, porque el mismo adjetivo puede esconder un juicio. Decir que una medida fue un fracaso suena a dato, pero contiene una valoración que otros podrían no compartir.
Separar ambas cosas no sirve para desacreditar la opinión ajena. Sirve para saber sobre qué estamos discutiendo: si es un hecho, se comprueba; si es un juicio, se argumenta.
La inferencia: el escalón que suele pasar inadvertido
Entre el dato y la opinión hay un tercer término que da mucha confusión: la inferencia, es decir, la conclusión que sacamos a partir de un dato. Si sabemos que una calle se ha quedado sin aparcamiento y que han abierto un comercio nuevo, podemos inferir que una cosa causó la otra. Quizá sea así, quizá no.
La inferencia no es mala, la usamos continuamente para vivir. Lo que conviene es reconocerla como un paso nuestro y no como parte del dato. En clase lo resumo así: el dato es lo que se ve; la inferencia es lo que concluimos de lo que se ve; la opinión es lo que pensamos sobre ello.
Muchos malentendidos entre personas razonables nacen aquí. Ambas aceptan el mismo dato, pero cada una infiere distinto, y acaban creyendo que discrepan en los hechos cuando discrepan en la lectura.
- Dato: lo que se puede comprobar
- Inferencia: lo que deducimos de ese dato
- Opinión: lo que valoramos sobre el asunto
Un ejercicio de cinco minutos antes de compartir
Propongo a los alumnos un hábito sencillo: antes de reenviar un mensaje que nos ha llamado la atención, hacemos una pausa y lo repasamos con tres preguntas. Puede hacerse con lápiz sobre una copia en papel o mentalmente, y no exige más que leer despacio, algo que en la pantalla solemos olvidar.
Primero, ¿qué partes del texto se pueden comprobar y quién las ha comprobado? Segundo, ¿qué conclusiones saca el autor y están justificadas por lo anterior? Tercero, ¿qué palabras cargan un juicio sin decirlo abiertamente? Muchas veces, tras ese repaso, el mensaje sigue pareciéndonos interesante, pero ya no lo enviamos con la misma contundencia.
No se trata de convertirse en inspector de cada frase. Se trata de recuperar el gesto de leer con atención y de decidir qué merece nuestra firma al reenviarlo.
- Subrayar lo comprobable con un color
- Subrayar lo valorativo con otro
- Anotar quién sostiene cada afirmación importante
Errores frecuentes al aplicar esta distinción
El primer error que veo es creer que todo lo que no es dato carece de valor. Una opinión bien argumentada puede ser más útil que una cifra suelta sin contexto. El segundo es lo contrario: aceptar como dato cualquier cifra por el mero hecho de ser un número, sin preguntar de dónde sale ni qué cuenta exactamente.
Un tercer error es usar esta herramienta como arma contra los demás. Si en una conversación respondo eso es solo tu opinión, probablemente cierre el diálogo en lugar de abrirlo. En el curso lo practicamos al revés: se pregunta con curiosidad en qué se apoya la otra persona y se explica en qué se apoya uno mismo.
Por último, conviene aplicarla también a lo que pensamos nosotros. Es más fácil detectar la opinión disfrazada en el vecino que en uno mismo, y ahí está el verdadero ejercicio.
Distinguir dato, inferencia y opinión no pide estudios especiales, solo costumbre de leer con calma y de preguntar en qué se apoya cada afirmación. Si esta semana repasas un mensaje con esas tres preguntas antes de reenviarlo, habrás practicado lo esencial del taller. Lo demás, como casi todo en el aprendizaje de adultos, llega con la repetición tranquila y con alguien enfrente con quien contrastar lo que has visto.
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